Concurso de microrrelatos

Durante el pasado confinamiento por Covid-19, se propuso como actividad a nivel local, con motivo del Día del Libro, el pasado 23 de abril,  un concurso de Microrelatos.

La participación fue escasa, solo hubo dos textos participantes, a cuyos autores agradecemos públicamente su participación e interés.

A continuación añadimos los dos textos participantes, previa autorización de los autores, para el deleite de todos los que quieran leerlo.

El año que viene se volverá a repetir la iniciativa y aprovechamos para animar a todo el mundo a participar.

Un saludo desde el Ayuntamiento de Carmena.

 


ELLOS

En Octubre de 1999 llegué a Carmena, “un pueblo de la provincia de Toledo”, me dijeron, del que nunca había oído hablar, lo localicé en un mapa y mi frustración fue cuando vi que era un pueblo pequeño, no me gustan los pueblos pequeños, yo siempre había vivido en un pueblo grande, pero bueno, me aventuré a comenzar un nuevo trabajo, nuevas vivencias….

Cuando llegué después de dar unas cuantas vueltas hasta localizarlo, ya que no teníamos GPS, me encontré en la puerta de DODEGAS DIAZ  a un señor al que le pedí me indicara donde estaba la residencia de ancianos, el me indicó muy amablemente, y allí llegué, al sitio donde empezaba mi nueva aventura.

Era una residencia pequeñita, solamente había 22 residentes y todos válidos, empecé a conocer a las trabajadoras, a los abuelos, a personas del pueblo….y bueno aunque un poco cuesta arriba por la lejanía de mi familia, amigos,  me iba adaptando aunque siempre con la idea de que no me quedaría en Carmena, nuuunca, en cuanto pudiera me iba a “mi pueblo”.

Pasaba el tiempo y yo seguía en Carmena, me ponía a pensar y no llegaba a entender que pintaba yo en este pueblo, pero aquí seguía con mi trabajo, ya con amigos, buenos amigos, hasta que llegó una persona muy especial que empezó hacerme cambiar de opinión, empecé  a pensar que tampoco se estaba tan mal en este pueblo,……lo mejor estaba por venir

Mientras tanto mi trabajo me encantaba, hacíamos infinidad de cosas, paseábamos, íbamos a comprar, jugábamos al parchís, cartas, me contaban su vida como si de una amiga se tratase o por lo menos así lo pensaba yo, me hacían sentir bien, útil. Hasta que llegó el  primer caso de fallecimiento de un residente, nunca había visto tan cerca la muerte, el dolor de sus familias, incluso aunque no lo parezca el mío propio, creí que esto no era para mí, no podía soportarlo. Pero bueno, con el tiempo entendí que la vida tenía que seguir y que mi trabajo podría tener estas consecuencias.

Los años  pasaban y tengo para contar muchas anécdotas, risas, ratos muy buenos con ELLOS, navidades, fiestas, y ratos  no tan buenos, problemas, discusiones, pero de todo hemos salido y nos ha valido para aprender muchísimas cosas de la vida.

Mi vida en este pueblo tan pequeñito había cambiado mucho, muchísimo, me habían hecho sentir en muchas ocasiones una más de Carmena, y en este momento así me siento.

Había conocido tanta gente, abuelos que nunca olvidaré, familiares encantadores que se han convertido con el paso del tiempo en amigos, trabajadoras que son ahora mismo mis mejores amigas, me han ayudado en situaciones muy duras que he tenido que vivir, y allí estaban ellas, mis compañeras, mis amigas, amigos ajenos a mi trabajo, apoyándome y extendiendo siempre sus manos para ayudarme en todo.

Hasta que llegó Marzo de 2020, aquí seguía, con mis dos hijas, mi marido (persona especial), mi casa, mis amigos  y mi trabajo en la residencia Nta. Sra. De la Asunción de Carmena.

Se oía hablar en televisión de un virus en China y según informaban había casos en España, lo veía muy lejano,¡¡ aquí a Carmena, esto no puede llegar!!, es un pueblo chiquitito, como puede ser que este virus pueda llegar aquí, imposible….

Pero este bichito no tenía límites, y sin creerlo llegó a Carmena,¡¡ a la residencia !!, fue una sensación de miedo, impotencia, nervios, pánico  y por otro lado de saber que esto no iba a poder con nosotros, que los teníamos  que proteger con alma y vida, no sabía cómo ni por dónde empezar pero lo que si sabía, era que lo iba hacer, junto con mis compañeras, ELLOS, estaban en peligro.

Todo era información nueva, llamadas de teléfono, prisas, nervios, llamadas a familiares que no sabías ni como darles tan fatídica noticia, pero siempre recibíamos una palabra de ánimo y ayuda que nos hizo seguir adelante.

Teníamos que disimular delante de ELLOS, todo estaba bien, no iba a pasar nada, estábamos a salvo, les bailábamos, cantábamos y les hacíamos reír, les hacíamos olvidar, les tranquilizábamos poniéndolos en contacto con sus familiares, aunque ELLOS, son mayores pero no tontos, se daban cuenta que en realidad algo muy malo estaba pasando ahí fuera, sus familias no venían  a visitarles, cosa que no podían entender, tanto tiempo….algo pasa y no nos cuentan.

ELLOS, enferman, se ponen malitos, muy malitos, casi todos afortunadamente se van recuperando, son personas fuertes, luchadoras, toda su vida trabajando para ahora pasar esta enfermedad tan cruel, “solos”, muy injusto.

Hay algunos de ELLOS, que no tienen tanta suerte, muy mayores, sin defensas, sin fuerzas para defenderse de esta guerra, guerra sin armas, guerra amarga ,guerra  cruel, guerra confinada a la aventura, guerra sin esperanza para ELLOS…..guerra en la que terminan solos, entierros rápidos para no seguir con la guerra, solos, sin sus seres queridos, muy doloroso, ellos que añoran tanto el cariño de sus familias, ahora solos, aunque  estoy convencida de que  ELLOS son tan fuertes que lo han entendido, han entendido la situación y la soledad porque  lo que nunca hubieran querido que nadie se pusiera en peligro por ELLOS.

Compañeras que enfermaban y se veían obligadas a  confinarse en casa, con miedo al contagio de sus familias, y aun así preocupadas por el trabajo que dejaban, pero esto tenía que seguir.

Encontramos gente que nos ayudó a suplir estas bajas, gente humana, gente sin miedo, gente con ganas de querer ayudar, aun sabiendo a lo que se exponían, a nosotras nos había tocado, pero ellas lo habían elegido sin dudar un momento. A estas personas estaré eternamente agradecida.

Personas que hacían mascarillas de tela en sus casas, pantallas para protegernos, batas, la gente salía a sus ventanas  a aplaudir todos los días a las 8, los políticos discutían, cada uno daba su opinión pero nadie sabía nada de este “bicho” que nos invadía de una forma brutal, silenciosa,  todo el mundo se había vuelto generoso, cuando pensábamos que el mundo era egoísta, tan solo pensábamos en viajar, comprar, disfrutar…..y de repente el mundo se para y todos estamos en el mismo sitio, en nuestras casas, con miedo, pena, mucha pena, ganas de llorar, ganas de abrazar, de besar, añorando aún más a los seres queridos que están lejos, a los que no puedes ver y ahora más que nunca te gustaría tenerlos cerca.

Todo esto sucedió en Carmena  que yo he querido expresar en pasado para pensar que todo esto terminó, porque quiero que todo pase, que todo sea como antes, que nos volvamos abrazar, a besar, a juntar para reírnos, bailar, cantar  y hacer todo lo que es tan normal que hacíamos antes que ahora echamos de menos, cosas tan sencillas, tan cotidianas. Ya no nos importa el dinero, ni la ropa, ni los viajes, solo queremos salir un ratito de casa y que todo pase

Gracias a esta situación que me ha hecho reflexionar de lo verdaderamente importante de la vida, nuestras familias, nuestros hogares, nuestros amigos, la gente que se ha volcado para ayudar en todo desinteresadamente y siempre con una palabra de aliento para que todo esto continúe y siga adelante.

Y aunque alguna vez pensé en irme de Carmena, quiero decir que ya no está en mis planes, aquí está mi vida, y creo que llegue aquí por algo, me enamoré, fui madre y ahora me ha tocado vivir esta amarga aventura que nunca pensé que me tocaría vivir, creo en el destino, y pienso que” siempre hay mil soles en el reverso de las nubes”.

Un aplauso por ELLOS.

 


AÑO BISIESTO

Amanece, pero el sol no sale, son ya las 8, de una fría mañana de marzo, de un invierno inusualmente lluvioso. Es hora de luz; pero solo hay oscuridad en(tre) nosotros. Es fin de semana, los agricultores no trabajan y se acercan al bar.

Son ya las 9 y el sol a ratos sale; y saluda. Alegría para algunos, tormento para otros. “Un día más, un día menos” suspira el viejo dolorido, mientras despierta cada mañana en el atardecer de su larga vida.

La lluvia cae despacio como un manto que recorre el pueblo silente y febril. El anciano se regodea en su pereza vital. “Es hora de salir a comprar el pan, pero estoy mejor en la cama”, piensa. Sin embargo, la nostalgia lo embarga una vez más, “Catalina, ese maldito bicho te arrebató la vida y ahora yo ya no puedo”, suspira con poca energía.

Alejandro, cuenta ya más de noventa primaveras, viudo y frágil como el tejado de cañas y barro de su “doblao”. Siente el rumor de algunas vecinas que murmuran en la puerta de sus casas: “hace varios días que no vemos al tío Alejandro”. “Desde que murió su mujer todo se le hace un mundo”- espeta otra vecina. Él, cansado y muy solo se intenta distraer mirando la tele, tratando de leer a ratos cuando la maldita presbicia se lo permite. El párkinson lo abate, lo deja inerte cuando el efecto de sus pastillas desaparece. Es persona de riesgo y lo sabe, lo sufre; pero en lo más hondo de sus entrañas añora una pronta muerte que lo devuelva con su amada Catalina.

La puerta de la casa suena fuerte y firme, una voz nerviosa lo llama con urgencia, el nonagenario se atavía como puede, agarra el bastón y camina con dificultad hasta la puerta de la calle. Es una pariente cercana, Merche, que preocupada, lo lleva algo de comida y pan. La mujer está calada hasta los huesos, y lleva una mascarilla de tela, le da la comida y con una mirada de complicidad el viejo Alejandro se lo agradece. Es un hombre parco en palabras, muy inteligente y solía ser jovial pero cuando sufre se encierra en sí mismo, esboza alguna sonrisa o simplemente guarda silencio.

Después de comer suele ver las noticias, pero éstas lo hunden más hablando del virus salvaje que le segó la vida a su mujer. En el telediario hablan de cifras con frialdad, “250 muertos, 4.501 contagiados”, esta deshumanización lo abate. Él, que velaba por la salud de sus animales como si de personas se tratasen, no entiende ahora como se puede tratar así a las miles de familias que se llenan de dolor en estos días tan grises. “Y esto está empezando” se dice así mismo.

Procura dormir la siesta en su cama huérfana, todavía se puede acariciar el olor de Catalina en la almohada, incluso el colchón guarda la forma de su cuerpo menudo. Llora, con vergüenza en su propia intimidad, pero llora mucho. Nació en una España donde a los hombres no se les permitía enseñar esas emociones que hacen parecer “débil” a un machote, pero él se reconoce en su naturaleza sensible. Su mente divaga y viaja a lugares que ya pasaron. Recuerda su juventud en la era con las mulas y el trillo, con su padre segando, con los amigos de la infancia. Recuerda los besos robados a Catalina en “el baile”, recuerda ese zaguán cómplice de sus primeros coqueteos con la hija del Boticario. Recuerda cuando su padre, agricultor, le ponía trabas para andar con esa muchacha que presuntamente no estaba a su alcance por ser de un nivel socioeconómico superior. Recuerda su primera vez frente a la inmensidad del mar. Y sigue soñando con los hijos que nunca tuvieron… Entonces entiende que “no hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió”

“Desde mañana no podremos ni siquiera pasear” se dice sorprendido escuchando la radio mientras cena algo que le sobró de la comida. Alejandro, solía bajar, los días soleados, hasta la fuente paseando para recordar su pasado como pastor de un pequeño pueblo.

Es una persona ilustre, muy leído y conoce el campo como nadie. Cuando podía ir hasta la fuente, allí trataba de hacer balance de su dilatada existencia y se recordaba muy satisfecho, eso lo tranquilizaba. Pero el mayor de sus pesares fue no recibir una educación superior. Fueron tiempos muy difíciles, es el mayor de 7 hermanos y cuando él decidió que tenía facultades para continuar estudiando, su padre le tenía preparado en casa un azadón bien afilado. “Ahora hay que mantener a los que vienen detrás, Alejandro”, recuerda como le dijo su padre…

Los días se hacen eternos, pasea a ratos en su corral, da vueltas al pozo y su diálogo interno cada vez se vuelve más insoportable. “¿Pero por qué no me has llevado a mí?”, clama mirando a un cielo lejano. “Si me hubieran dado a elegir, Catalina, te juro que me habría puesto yo a merced de la parca. Tu ausencia me rompe, me mata poco a poco…”

“Ya es primavera” escucha decir a Carlos Herrera en la Cope, “20 de marzo de 2020, la semana que viene tendremos que cambiar la hora…”, pero esa circunstancia ambiental cambia poco su calamitoso estado anímico. Se nota cansado, muy apático y mareado, “la primavera la sangre altera” se dice confiado. Sale a comprar el pan y va hasta la farmacia para abastecerse de algunos medicamentos que necesita. El pequeño pueblo está más vacío de lo normal, los bares cerrados, no pasan apenas coches, la situación extraordinaria lo lleva a recordar las historias que sus padres le contaban sobre la guerra. “Los jóvenes volverán a pasar hambre como en los años cuarenta”, se dice así mismo con desesperanza, pero con el alivio de saber que su época ya pasó y ahora son otros los que deben tener la iniciativa.

En la farmacia le han comentado que parece un poco “pachucho” y le han dado una mascarilla “por si acaso”. Sin embargo, él sigue inadvirtiendo algunas señales de alerta que su cuerpo le emite. Llega a casa, lee “Soledades” de Antonio Machado, se recrea recordando sus propios “Campos de Castilla” y vuelve a emocionarse escuchando “Sin tu latido” de Luis Eduardo Aute… Canta entrecortado y a media voz: “Ay, amor mío / qué terriblemente absurdo / es estar vivo / sin el alma de tu cuerpo, / sin tu latido.”

Así pasan sus días, ofreciendo más alimento al alma que a su propio cuerpo, más descuidado que nunca. Hace días que su barba crece sin control. Le cuesta realizar las tareas propias de la casa, la tos y cierta sensación de fiebre lo tiene en la cama parte del día.

La comida que le lleva su prima Merche, dice no saberle a nada, ni siquiera puede oler los geranios dispuestos en el corral con mucho desparpajo por Catalina. Todavía puede verla con la regadera azul de chapa cuidando y mimando sus flores. Este año, su difunta esposa le había prohibido sembrar el huerto como cada temporada estival. Le decía que no quería más sustos a causa del calor sofocante de verano. Alejandro sabía que este año ya iba a ser diferente… “Año bisiesto, año siniestro, ya lo decía mi padre” susurraba sentado en una esquina del corral, soportado por una vieja silla de espadaña.

A la tristeza, el desconsuelo y la desesperanza había que añadirle una tos seca que parecía partirle el pecho, la fiebre alta por la noche que le hacía tener unos momentos oníricos propios de un psicótico, el agotamiento corporal y mental lo acompañaban todo el día.

Pero era la soledad y el aislamiento lo que más le costaba en estos días, se sentía desconectado de todo, casi paralizado e inservible. Los días se sucedían en bucle sin más contenido que el sufrimiento, un sufrimiento carente de sentido. La ausencia de cálidas manos que lo acariciaran, su profundo vacío existencial del último mes y el dichoso virus lo mataban silenciosamente.

Alejandro intuía su padecimiento, a pesar de no haber podido ir con su esposa al hospital en sus últimos días, sí la vio padecer en su casa una sintomatología parecida. “Este andancio es peor de lo que dicen” protestaba casi agotado.

Una semana después, cada mañana los días se antojaban más oscuros, con más tinieblas, una suerte de averno lo rodeaba. Se evadía imaginando las cebadas verdes y robustas, se consolaba: “el campo, bien regado por las frecuentes lluvias de abril, debe estar muy florido” y sonreía al viajar con la mente a ese campo de su infancia, a ese campo que fue su historia.

Ya no hay paseos, ni televisión, ni partidas al tute, ni radio, ni poemas, ni periódicos; ya no sale al corral, ni siquiera puede levantarse. Evita las visitas del médico que Merche le recomienda y se niega de manera categórica a ir al hospital. Él sigue postrado en la cama, cada vez con menos aire para llenar sus pulmones exhaustos, cansados de luchar y soportar los envites de la maldita enfermedad.

Se siente muy agradecido a la vida, tiene su corazón inundado de emoción, gratitud y esperanza. La esperanza de reencontrarse con su amada, Catalina.

Son las 5 de la tarde del 23 de abril, débiles rayos de sol se cuelan por la persiana, Alejandro, toma una fresca bocanada de aire, cierra los ojos con fuerza y la piensa, a ella, en ella, quien ha sido y es su vida. La ve más guapa que nunca, se le escapan unas cuantas lágrimas desordenadas, busca su olor en la almohada y el sueño eterno lo envuelve. En la soledad de su alcoba, en la soledad de la vida.